REAL FERIA DE AGOSTO 1. LA REAL FERIA DE AGOSTO. UNA INTRODUCCIÓN HISTÓRICA.

1.1. Los orígenes

En 1998 se cumplieron los 250 años de la celebración en Antequera de la primera Real Feria de Agosto. Desde entonces, las transformaciones sufridas por este tipo de acontecimiento han sido tantas, que incluso la propia palabra “feria” ha perdido su primitiva significación. En una trayectoria que tiene su antecedente directo en las reuniones anuales de mercaderes y cambistas – propiciadas casi siempre por la propia Corona mediante la concesión de una serie de privilegios fiscales, para de esta forma lograr la reactivación económica de determinada comarca; el concepto termina identificándose con el de “Fiesta”, luego que se le asocien toda clase de diversiones y espectáculos populares, que serán los que a la postre, y tras una larga convivencia que se llega casi hasta nuestros días, terminen por imponerse, convirtiendo lo que originariamente era un mercado comercial y de ganados, en una programación de expansión social que evoluciona de acuerdo con los tiempos. En 1748, Fernando VI, a petición del Concejo antequerano, concedía durante diez años el privilegio de celebrar una feria de carácter anual entre el 20 y el 23 de agosto, aunque sólo el primer día gozase de las exenciones tributarias que llevaba aparejadas una concesión de esta clase. Sorprende, a primera vista, lo tardío de la fecha, todavía más cuando por su situación geográfica y tradición comercial – centro distribuidor de mercancías -, parecía lógico que Antequera contase con una feria desde mucho tiempo antes. pero quizás el régimen tributario especial que permanentemente gozaba la población – la exención del pago de alcabala, un impuesto sobre el intercambio comercial -, o el famoso mercado semanal, agrícola y ganadero, que todos los lunes, y desde principios del siglo XVI tenía lugar en la Plaza Alta, influyeran para que no se llegase a plantear – que sepamos – la necesidad de establecer una feria anual. Lo cierto es que, durante más de dos siglos, artesanos y comerciantes marchaban a vender sus productos a las ferias de Ronda, Écija, Jerez, Villamartín, Coin y Olvera. El origen de la feria de agosto debe plantearse, pues, en otras coordenadas; simplemente como uno más de la serie de privilegios otorgados a la Fábrica de Lanas, en orden a lograr una mayor comercialización de sus productos manufacturados – paños y bayetas – asfixiados por la competencia extranjera, la debilidad del mercado que surtían y las propias deficiencias estructurales del sector artesanal local. No obstante, lo que se pensó como ampliación del mercado lanero local, llegó a abarcar, prácticamente el mismo año de su creación, al resto de las actividades mercantiles, en especial la compraventa de ganado, géneros de lencería, cuero, calzado y platería. En este sentido, la feria de agosto fue la heredera natural y directa del mercado semanal al que nos referíamos más arriba, en trance de desaparición para ese tiempo, y que desde 1767 se recupera de nuevo al instalarse en los terrenos del “real”, situado entonces a uno y otro lado de la Puerta de Estepa (acabada de reconstruir en el verano de 1998), entre lo que hoy es arranque del Paseo y la Alameda hasta la calle Estepa. En ese lugar, y durante cuatro días al año, instalaban sus tenderetes mercaderes, artesanos y ganaderos de toda Andalucía. Abundaban, sobre todo, los merceros de Sevilla y Granada, así como los plateros cordobeses, aunque también eran numerosos los ganaderos de la campiña de Córdoba y las sierras de Granada y los comerciantes antequeranos, componían la “oferta” de la feria. En cuanto a la “demanda”, nobleza, burguesía y clases acomodadas consumían unos artículos suntuarios que difícilmente encontraban en al ciudad en épocas normales, mientras que el mercado de la pañería lo componían los campesinos de las zonas cercana, quienes directamente o a través de mercaderes adquirían ropa y vestido para el invierno, en unos momentos en los que, todavía reciente el fruto de la última cosecha, aún disponían del suficiente dinero metálico. Hasta 1760, la feria se desarrolló ininterrumpidamente, sin incidente de consideración; sin embargo, ese año surgieron los primeros problemas: en una reunión fantasma de la Corporación – asistieron sólo cuatro ediles -, se llegó a pedir, para evitar “los graves inconvenientes que se han experimentado en la feria desde que se puso en práctica”, su supresión. Tal solicitud no se entiende sin tener en cuenta lo que de reaccionario y caduco había en el Concejo antequerano, pero sus consecuencias ilustran suficientemente lo ocurrido entre esa fecha y 1768, en que definitivamente se revocó la anterior decisión luego de una larga y tensa sesión municipal. 1768 fue un año clave para la suerte posterior de la Real Feria de Agosto. Cumplidos los dos primeros plazos de la concesión real, y tras la polémica de 1760, el Concejo debió decidir acerca de la conveniencia de ratificar el acuerdo de nulidad o solicitar de la Corona la prórroga de la Feria. Las actas capitulares de ese año informan adecuadamente sobre lo que, sin ninguna duda, fue el asunto más polémico de todos los que los munícipes habían tratado en mucho tiempo. Al final, y tras una reñida votación – seis votos favorables a que se reanudase la feria y cuatro que seguían abogando por su supresión -, los escribanos del concejo hicieron público el fallo:…Y haviendose por nos los escribanos hecho regulación y cotejo, resulta por mayor numero de votos que el acuerdo de la ciudad es que se informe ser util y combeniente la Feria, de que damos fe… A partir de 1768, y una vez superadas las dificultades citadas, el Concejo municipal intensificó su control sobre la feria: se prohibió la circulación por el recinto ferial y se reglamentaron los lugares de venta, al tiempo que se obligaba a los vecinos a cuidar el estado de las calles del “real”. Conviene incidir, por último, en un hecho que posteriormente tendrá especial trascendencia: es en estos años cuando la relación entre feria y fiesta se hace más estrecha. En efecto, la feria de agosto se convirtió rápidamente en una más de las fechas extraordinarias que punteaban el año – Carnaval, Corpus, San Juan, etc. – y en las que temporalmente se sacudían las rígidas estructuras de la vida tradicional. Para una sociedad acostumbrada a vivir tan cerca de la muerte, con una presión espacial – dificultad de comunicaciones, escasez de viajes – y social – influencia de la iglesia y la religión -, bastante más acentuadas que en la actualidad, resultaba obligado aprovechar la oportunidad que le brindaba la presencia en Antequera de gentes de toda condición y procedencia, para festejarlo con los medios a su alcance. Así, no puede parecer extraño que pronto aparecieran asociados a la feria espectáculos y diversiones tradicionales en fiestas, tales como las cintas, los bailes y, especialmente, los toros, en un proceso que actualmente se encuentra en plena vigencia. Sin embargo, a diferencia de las corridas que desde hacía casi tres siglos venían celebrándose en la ciudad, éstas ya no tendrán por escenario la Plaza Alta, ni las de San Sebastián o el Coso de San Francisco, sino – en un rasgo de modernidad -, una plaza de toros circular, de madera, armada en la plazuela de Capuchinos, y en donde, cada uno de los días de feria, se lidiaban varios novillos. De tal manera, afines del siglo XVIII y principios del XIX la simbiosis entre feria y fiesta se había consumado: ya no se entendía aquella sin máscaras, bailes o toros. Era el comienzo de una historia que llega hasta nosotros.

1.2. El siglo XIX: de “feria” a “fiesta”.

Naturalmente, y a lo largo del siglo XIX, la feria de Agosto antequerana fue perdiendo su carácter como lugar de encuentro e intercambio de mercancías, limitando la actividad casi de forma exclusiva a la compraventa de ganado, y acentuando los aspectos lúdicos y de expansión social. Desde esa fecha, la feria comenzó a compartir acontecimientos de otras fiestas tradicionales: toros del Corpus y festividades patronales, bailes y máscaras del Carnaval; amén de desarrollar otros que desde entonces le serían propios. De modo más lento que las costumbres, también varió la actitud oficial ante el festejo. Aunque sólo a partir del último tercio de siglo pasado el Cabildo tomó una postura decididamente organizativa, es cierto que su intervencionismo fue cambiando de cariz: de limitarse a dictar bandos para asegurar el cobro de los derechos municipales y procurar el mantenimiento del orden público, pasó a interesarse directamente en el montaje de espectáculos taurinos – la nueva plaza fue inaugurada en 1848 -, musicales y circenses. De alguna forma pues, puede hablarse de “dos ” reales ferias de agosto en la Antequera del Ochocientos: una durante la primera mitad, esencialmente ganadera y de trueque, y otra a finales de siglo, más cercana a las motivaciones que, hoy día, conforman este tipo de celebración. Como ya se ha mencionado tenemos constancia de que por lo menos desde 1816 el Ayuntamiento de Antequera mostró interés en la construcción de una plaza permanente. Según un informe del ayuntamiento de 1846 la construcción de la plaza serviría como revulsivo de una feria de agosto en decadencia. La plaza fue inaugurada el 28 de agosto de 1848 por los diestros José Redondo “Chiclanero” y Juan Pastor “Barbero” con toros de la ganadería de Picavea. En realidad, cuando la Real Feria de Agosto llegó a adquirir las características que la convertirían en el gran festejo anual de la ciudad fue a partir de 1875, hasta el punto de llegar a constituir una de las fiestas más importantes de la Andalucía de la Restauración, tanto por la animación de los festejos como por la actividad económica generada por la feria de ganado.

1.3. El siglo XX: hacia la conformación de la feria actual.

Pese a la potenciación de los aspectos lúdicos, lo cierto es que durante todo ese período, y al menos hasta la Guerra Civil, el mercado de ganados continuó siendo uno de los acontecimientos capitales de la feria junto a la corrida de toros; porque la ganadería era con la agricultura la gran fuente de riqueza de este municipio y su comarca. Todo este magno acontecimiento que constituía el mercado de ganado fue entrando poco a poco en crisis en la década de los años veinte por el desarrollo del automóvil y la máquina moderna que acabará desplazando la fuerza animal. La feria se transforma y lo que fue el fundamento y origen de ella, el mercado de ganados, pierde su importancia y las corridas de toros y el fútbol pasan a erigirse en las principales atracciones. Tras el doloroso paréntesis impuesto por la Guerra Civil, la feria volvió a celebrarse en 1939. Claro que, en medio de una calamitosa situación económica, los esfuerzos de normalidad que desde los primeros ayuntamientos franquistas se querían trasladar a la población chocaban frontalmente con la situación de penuria y hambre que, como en el resto de España, afectaba a muchos de los antequeranos de entonces. La Feria seguía con los componentes habituales ya desde comienzos de siglo: junto a los toros el mercado de ganados, el deporte y, como colofón, los fuegos artificiales. A medida que mejoraban las condiciones económicas, fue incrementándose el aspecto lúdico de la Feria: los “cacharros” en el antiguo campo de fútbol y los circos y otros espectáculos en el “llano del cuartel”; asimismo, pasadas las restricciones, la iluminación eléctrica se convirtió en otro de los elementos característicos de los actos programados por el Ayuntamiento. En los años sesenta ocurrió algo similar a lo que había sucedido a comienzos de siglo: la ahora definitiva modernización del sector agrario comenzó a traer a las ferias los últimos adelantos en materia de tecnología agrícola. Pero los tiempos no sólo comenzaban a ser distintos en este aspecto. El desarrollismo franquista no significó la homogeneización política con el exterior, pero sí la social y económica. Fue entonces cuando comenzó a elegirse la “reina de las fiestas”. También el momento en que las especialidades deportivas se multiplicaron, mientas la música comenzaba a instalarse definitivamente en la feria. Todo ello hasta que a comienzos de los años sesenta se impuso el formato de “gran caseta”, con actuaciones de primera fila. Sin duda, la caseta de la Peña los 20, además de desempeñar el papel de la entonces inexistente caseta municipal, marcó significativamente la Feria de agosto en aquélla década.